Bienvenida Amelia Camarero Cáceres ha crecido al amparo de dos familias: sus padres y hermanos y el personal médico y de enfermería de la Unidad de Traumatología, quien ha compartido junto a sus seres queridos los primeros juegos de niña de esta granadina, las inquietudes de adolescente y el despertar a una juventud marcada por la diferencia.
Durante más de treinta años, Mely, como la llaman sus allegados, ha visto pasar los días desde la inmovilidad de una cama de hospital.
A los cuatro años, la joven ingresó por urgencias porque no era capaz de caminar sin caerse hacia delante. El diagnóstico: luxación de caderas congénita. Las consecuencias: una vida de largos periodos de ingreso y multitud de operaciones. Una realidad que la mente infantil de una pequeña, en la que el mundo se dibujaba como un espacio infinito por explorar, no alcanzaba a comprender.
El Dr. Isidoro Linares, quien trató su caso hasta su jubilación, se convirtió para la niña en una figura protectora que le infundía el mismo respeto y cariño que se siente por un padre. Durante diez años, las operaciones se sucedieron una tras otra sin alcanzar los resultados esperados por los especialistas. Los catorce años de Mely vinieron marcados por fuertes dolores de espalda, que se había visto también afectada por la falta de movilidad, y el inicio de una etapa de implantaciones de prótesis como posible solución. La primera se instauró cuando cumplió los quince y aunque se infectó muy pronto, un distanciador le permitió caminar bastante tiempo, hasta que éste dejó de funcionar y se le sustiuyó por una prótesis nueva. Pero las repetidas infecciones y el continuo rechazo del cuerpo a la cirugía provocaron el desgaste del hueso y la necesidad de injertar material óseo en la cadera derecha. “Este caso era complejo debido a que las intervenciones previas a la implantación de la prótesis aumentaban las posibilidades de infección. Mely ha sido una persona con una capacidad asombrosa para afrontar el sufrimiento que otros pacientes no habrían mantenido”, refiere el Dr. Godoy, jefe de servicio de Traumatología durante quince años.
La alternativa fracasa y el hueso vuelve a infectarse condenando a vivir a Mely la peor época de su vida. “Durante siete meses la fiebre y los fuertes dolores de pierna me mantuvieron atrapada en la cama sin poder moverme. Además del desgaste físico, el miedo a que mi cuerpo no respondiera nunca y jamás pudiera levantarme me sumergían en una profunda tristeza”, comenta la joven. Una intensa y prolongada limpieza del hueso consiguió liberar a Mely de la aflicción y le permitió volver a casa en silla de ruedas con la otra cadera rota. Tenía entonces 22 años.
Tras este duro periodo de sufrimiento e incertidumbre, el destino le deparaba a Mely todavía un recorrido lleno de obstáculos y superación personal. El hueso implantado, infectado y depurado terminó por ser extraído. 22 años y un mundo en el que vivir con una única cadera con prótesis y una pierna con parte del hueso fémur sustraído. Dos años después, el líquido acumulado en la pierna provocó sucesivas intervenciones para drenarlo y curar las infecciones que se formaban una y otra vez. Como última opción, los especialistas decidieron dejar la herida abierta para que el cuerpo la cicatrizase de manera natural. Con curas diarias durante un año, la lesión ha ido sanando, aunque a día de hoy todavía necesita un poco de más tiempo para recuperarse. Una nueva prótesis y el apoyo de una muleta, ayudan a Mely en la actualidad a desplazarse por los espacios y realizar actividades como barrer, subir y bajar escaleras, conducir, trabajar en la ONCE y relacionarse con normalidad con los demás. “Después de 44 operaciones y todo lo que he vivido, he decidido aguantar con la prótesis el tiempo máximo que sea posible”, subraya. A sus 36 años, su experiencia le ha permitido afrontar las dificultades desde una actitud positiva que le permite “vivir lo no vivido” y convivir con sus limitaciones con la mejor de las sonrisas. “Siempre he sido una persona activa. Es sorprendente conocer el funcionamiento de la mente. Cuando crees que no vas a ser capaz de cumplir alguna actividad, te esfuerzas y lo consigues y el logro te motiva a continuar, y poco a poco alcanzas metas que nunca hubieras imaginado”, concluye la joven.
Del sufrimiento a la aceptación
Cualquier enfermedad se convierte en un reto diario para quien la padece. En un conocimiento personal profundo que obliga al paciente a emprender un viaje de reencuentro con uno mismo y con el entorno, donde la reconciliación se convierte en el valor indispensable para superar el dolor. Mely conoce muy bien este camino y admite que la formación de su personalidad y la predisposición abierta y amable ante la vida se ha forjado gracias al apoyo del personal de enfermería que siempre cuidó de ella. “Mis verdaderos amigos los conocí en el hospital. Los profesionales que me han visto crecer forman parte de mi vida y todos ellos me han enseñado una gran lección de amistad. Detrás de cada facultativo hay una persona que merece el mayor respeto porque se entrega a su trabajo con el fin de regalar salud”, relata la joven. La granadina comprende que la situación de las personas que viven sanas y una enfermedad o un accidente transforman por completo su vida puede resultar más difícil de superar que las circunstancias de quién siempre afrontó la realidad desde su patología o incapacidad. Sin embargo, en ambos casos se vuelve fundamental la conciliación personal para poder relacionarse con los demás sin ningún tipo de rencor: “No me molesta que algunas personas me miren de forma extraña o se dirijan a mí desde la compasión. Los entiendo y el hecho de haberme aceptado como soy me permite reirme de mis problemas y estar en paz con el mundo”, comparte Mely.